
El otro día intenté hablar con mi hijo sobre las relaciones, sobre lo que opinaba él. Me sorprendió mucho que al preguntarle si sabía si le gustaban las chicas o los chicos, me afirmara con rotundidad que las chicas. Quise saber si tenía claro que le podía gustar también un chico, que no pasaba nada, puesto que lo habíamos hablado más de una vez, bueno, muchas veces... Contestó que sí, que lo sabía, pero que le gustaban las chicas, aunque ahora no había ninguna que le llamara la atención. Claro, yo insistí un poco más y le pregunté porqué lo sabía, aún sabiendo que es muy difícil explicar algo así, y él me dijo que hace tiempo le gustó una chica de su clase que se marchó a vivir a otra ciudad. Soy su madre, y como tal se que no me estaba diciendo la verdad, tampoco me estaba mintiendo, estaba diciéndome lo que él creía que tocaba decir. Llegué a la conclusión de que no quiere ni preguntarse sobre lo que puede sentir algún día. Mejor, que se deje llevar.
¿Dónde está la contradicción? Ahí va: al día siguiente comió en casa de una amiga, y cuando fui a recogerlo estaba totalmente desinhibido, como en casa, con los tacones de la madre y bailando con movimientos super femeninos, como en casa. Se sentía muy a gusto y eso me encantó.Por otro lado recordé la conversación del día anterior y pensaba por dentro: A lo mejor le gustarán las chicas pero será muy afeminado o a lo mejor le gustarán los chicos que es lo que ahora parece por su comportamiento...
Yo no dejaré de decirle que da igual, pero espero que el día que lo tenga claro no me lo tenga que decir, que traiga a casa a esa persona como su amor, y yo pueda quererle sin prejuicios. Insisto, no quiero que esté dentro de un armario, ni un segundo de su vida desperdiciado en un sitio tan oscuro.